El teatro también enseña a vivir
Hay una enseñanza del teatro de la que se habla mucho menos que de la interpretación, la técnica, la expresión corporal o la construcción de personajes: la resiliencia.

Hay profesiones en las que consigues un trabajo y puedes permanecer en él durante años. Tienes una entrevista, consigues el puesto y, con un poco de suerte, puedes quedarte allí dos, cinco, diez o veinte años.
En nuestra profesión las cosas funcionan de otra manera.
El teatro nos enseña, a través de la práctica, a convivir con la frustración, con el error, con la incertidumbre, con la exposición y con aquello que no podemos controlar. A recibir una indicación, equivocarnos y volver a intentarlo. A hacer una función que no sale como queríamos y volver al escenario al día siguiente, pero también a hacer esa función soñada en la que sentimos que hemos alcanzado un nivel interpretativo único y descubrir que justamente ese día había menos público que nunca, que no había nadie de prensa ni ningún crítico en la sala y que probablemente nadie, fuera de las pocas personas que estuvieron allí, llegará a saber lo que acabamos de hacer. A preparar durante meses ese proyecto que nos apasiona y descubrir que la producción finalmente decide no llevarlo a cabo. A preparar una audición, no conseguir el papel y seguir trabajando. A ser nominados a un premio y ver cómo lo gana otra persona. A conseguir aquello que tanto deseábamos y descubrir que después hay que seguir trabajando, porque ningún éxito garantiza que el siguiente proyecto vaya a funcionar. A descubrir que algo que creíamos un defecto puede convertirse en una herramienta. A aceptar aquello que somos y, cuando lo necesitamos, trabajar para transformarlo.
Un actor o una actriz puede hacer siete castings en un mes y conseguir uno, con suerte, cada varios meses; y ese trabajo que consigue puede ser un único día de rodaje.
Puede presentarse a una audición para una obra de teatro con tres o cuatro personajes junto con cientos de personas, incluso miles, y ni siquiera llegar a hacer la prueba porque no ha sido preseleccionado.
Puede pasar meses preparando fotografías, currículum, videobook, textos, canciones, escenas, y después no recibir ninguna llamada.
Y, mientras tanto, seguimos formándonos, estudiando, entrenando y trabajando para ser mejores artistas y encontrar nuevas oportunidades de vivir de aquello que hemos elegido como oficio.
Una campaña de publicidad, un cortometraje, una serie, una película, una obra de teatro, una locución, una visita teatralizada, un personaje en un parque temático, un doblaje, una simulación clínica para estudiantes de Medicina...
Y en medio de todo eso, seguir formándonos. Estudiando, entrenando, observando, leyendo, trabajando sobre nosotros mismos y buscando nuevas maneras de crecer como artistas. Porque nuestra herramienta de trabajo no es una máquina que permanece igual: es el ser humano que habita en nosotros. Y ese ser humano cambia con el tiempo, con las experiencias, con la madurez, con los amores, las pérdidas, los viajes, los libros y todo aquello que nos sucede. Por eso el aprendizaje de la actuación es tan infinito como las posibilidades de la propia vida.
todo eso puede formar parte de la vida profesional de un actor o de una actriz.
A veces conseguimos un trabajo que dura un día; otras, uno que dura años.
A veces podemos vivir exclusivamente de actuar y otras necesitamos hacer otras cosas para sostener nuestra vida mientras seguimos construyendo nuestra carrera.
Y esto, que desde fuera puede parecer una sucesión interminable de incertidumbres, termina enseñándote algo.

Esta carrera me enseñó que hay una lección de la que se habla poco cuando se habla de formación actoral: aprender a convivir con el rechazo, con la incertidumbre y con la frustración sin convertir ninguno de ellos en una definición de quién eres. Creo que esa es una de las formas en las que el teatro también nos prepara para la vida.
El teatro enseña resiliencia precisamente porque nos obliga a volver a intentarlo.
Lo que aprendemos en el teatro nos acompaña en la vida
Creo fundamental entender lo siguiente cuando empezamos a trabajar como actores y actrices:
una audición no es un examen en el que se determina quién es mejor.

Tú no vas a un casting o a una audición para que alguien decida si tú, como persona, mereces trabajar, o si tienes talento.
Vas a interpretar un personaje para una producción concreta. Y la persona que está haciendo la selección tiene que decidir qué interpretación, qué físico, qué voz, qué energía, qué edad aparente, qué presencia o qué combinación de todas esas cosas encaja mejor con aquello que necesita esa producción en ese momento.
Y precisamente porque los castings y las audiciones son uno de los lugares donde más claramente aprendemos a convivir con aquello que no podemos controlar, hay algo que esta profesión termina enseñándote con bastante claridad: no todo resultado habla de ti.
Eso significa que puedes hacer una audición extraordinaria y no conseguir el papel. Y también puedes hacer una audición bastante mala y conseguirlo. Una cosa no te convierte automáticamente en un actor maravilloso y la otra tampoco te convierte en un actor mediocre. Una audición es una circunstancia concreta dentro de una carrera mucho más grande.
Yo tardé años en entenderlo de verdad. Recuerdo haber salido una vez de una audición convencida de que había estado espantosa. Y no hablo de una pequeña duda de esas que tenemos todos al terminar una prueba. Hablo de haberme ido a casa llorando, odiándome por haberlo hecho tan mal, pensando que había desperdiciado una oportunidad y que seguramente aquel director no volvería a llamarme jamás, de hecho, no lo hizo.
Años después coincidí con ese mismo director en una cena. Estábamos hablando y, de pronto, me dijo que jamás había olvidado la maravillosa audición que yo había hecho aquella vez. Me quedé pensando: ¿Cómo podía estar hablando de la misma prueba que yo recordaba como una catástrofe?
Nunca le pregunté por qué no me había llamado. Había pasado demasiado tiempo y, para entonces, yo ya había aprendido algo: no ser elegido no significa necesariamente que hayas hecho algo mal.

Por supuesto, a veces hacemos una mala audición. No somos todos Meryl Streep ( y ella misma dice haber hecho alguna mala, yo me atrevo a ponerlo en duda). Podemos estar nerviosos, no entender el personaje, no estar preparados, equivocarnos, tener un mal día o, sencillamente, hacer un trabajo que no está a la altura de lo que podríamos haber hecho. Y entonces toca reconocerlo, aprender y entrenar más.
Pero incluso cuando hacemos una audición magnífica tampoco podemos controlar el resultado. Porque no sabemos quién más se presentó, no sabemos qué estaba buscando exactamente la dirección, no sabemos qué conversaciones hubo antes, no sabemos qué decisiones tomó producción y, a veces, tampoco sabemos si justo ese día apareció Robert De Niro. O Carmen Maura. En cuyo caso quizá nuestra audición haya sido estupenda y simplemente tuvimos una competencia bastante incómoda.
Aprender esto no significa dejar de analizar nuestro trabajo. Si hicimos una mala audición, podemos reconocerlo. Si nos falta formación, podemos formarnos. Si algo de nuestra interpretación no funcionó, podemos trabajar para mejorarlo. La resiliencia no consiste en decir «todo está bien» ni en convencernos de que siempre somos maravillosos. Consiste en poder mirar lo que ocurrió sin convertirlo automáticamente en una condena sobre nosotros mismos.
Estar del otro lado de la mesa
Haber estado del otro lado me enseñó todavía más sobre esto. Cuando eres quien toma la decisión descubres hasta qué punto una elección puede estar condicionada por circunstancias que la persona que queda fuera jamás conocerá. Y eso también es una enseñanza de resiliencia: aceptar que no podemos conocer todas las razones de aquello que nos sucede y que, por lo tanto, tampoco podemos construir nuestra autoestima a partir de una explicación que quizá ni siquiera sea cierta.
No solo llevo muchos años presentándome a audiciones y castings, también he estado al otro lado.
Como directora y como autora de teatro, he tenido que tomar decisiones de reparto y sé perfectamente que elegir a una persona para un personaje no siempre consiste en hacer una clasificación del uno al diez y contratar a quien ocupa el primer puesto.
Una vez tuve que renunciar a una bailarina que me encantaba porque la coreógrafa estaba absolutamente encaprichada con que ella no fuera parte del reparto. Yo quería contar con aquella bailarina, me parecía estupenda, pero la coreógrafa tenía una posición muy firme y, como directora, tuve que ceder en aquella decisión. Aquella mujer no era menos talentosa porque no fuera elegida. No había hecho nada mal. Simplemente había una persona dentro del proceso de creación que no la quería para ese proyecto y esa decisión terminó pesando.
También me ha ocurrido tener que elegir a un actor que no me convencía tanto como otro porque su representante me ofrecía, a cambio, a la actriz que yo sí quería para el proyecto. Eso también existe. Es parte de las negociaciones que ocurren en una profesión en la que intervienen muchas personas y muchos intereses. O la vez que la actriz que me gustaba era más alta que quien haría de su pareja y los productores no la aprobaron por eso.
Algo que no me enorgullece, es que fui jurado en un concurso de televisión en el que la producción nos indicaba quién debía pasar a la siguiente ronda porque determinados participantes daban más audiencia, generaban más escándalo o despertaban más morbo.
Había personas más talentosas y, además, más agradables como personas, que merecían ganar y no fueron las elegidas.
Cuando uno conoce estas cosas desde dentro, empieza a mirar de otra manera aquello que le ocurre cuando está delante de la mesa de casting. No para pensar que todo rechazo es injusto ni para convencernos de que somos maravillosos y los demás no saben verlo. Eso sería otra forma de engañarnos. Sino para comprender que una elección profesional tiene muchas variables y que nosotros no conocemos todas.
Y eso es liberador.
La resiliencia que se aprende haciendo teatro

Esta es una distinción que me parece fundamental.
Cuando no te eligen para un personaje, no están rechazando a la persona que eres. No están rechazando a tu familia, a tus amigos, tu historia, tus afectos, tus defectos, tus virtudes ni todo aquello que te convierte en quien eres cuando sales del escenario. Tampoco están haciendo necesariamente una valoración global de tu capacidad como actor o como actriz.
Están descartando una combinación concreta entre una interpretación y un personaje concreto, dentro de una producción concreta, en un momento concreto.
Y eso es muy diferente.
Quizá buscaban a alguien más alto. O más bajo. Quizá necesitaban una determinada edad aparente. Quizá el protagonista tenía unas características físicas y necesitaban que el personaje que interpretaras tuviera otras. Quizá tu voz no era la que imaginaban. Quizá tu manera de interpretar era excelente pero no coincidía con el tono que buscaba la dirección.
Y quizá, simplemente, ese día la persona que tomó la decisión tuvo mal gusto. No descartemos esa posibilidad.
Los directores y las directoras también somos seres humanos y, por tanto, también podemos equivocarnos. A lo mejor dentro de unos años esa persona ve tu trabajo y piensa: «¿Cómo no elegí a esta actriz?». Puede pasar.
Pero tampoco debemos construir nuestra autoestima alrededor de la fantasía de que algún día todos aquellos que nos rechazaron descubrirán lo equivocados que estaban. Eso tampoco es vivir.
Lo que sí podemos hacer es algo mucho más útil: no convertir un rechazo profesional en una sentencia personal.
La frustración también se entrena

Esto no significa que el rechazo no duela. Claro que duele. Si querías ese trabajo, te habías preparado y tenías ilusión, es perfectamente normal sentir frustración cuando no sale. La resiliencia no consiste en fingir que no nos importa nada. Tampoco consiste en decir «no pasa nada» cuando sí pasa.
Pasa. Te habías ilusionado. Quizá necesitabas el dinero. Quizá llevabas meses esperando una oportunidad. Quizá ese personaje te gustaba especialmente. Puedes estar triste. Puedes enfadarte. Puedes sentir decepción. Lo importante es qué haces después con eso.
La psicóloga Carol Dweck estudió precisamente cómo las personas interpretamos nuestras capacidades y nuestros resultados. Su concepto de growth mindset, o mentalidad de crecimiento, diferencia entre entender las capacidades como algo fijo y entenderlas como algo que puede desarrollarse.
Una de las consecuencias de esta última perspectiva es poder interpretar una dificultad o un resultado negativo como información para continuar aprendiendo, en lugar de convertirlo en una prueba definitiva de nuestras limitaciones.

Yo te propongo no pensar: «No me eligieron porque no soy suficientemente bueno». Piensa: «No me eligieron». Después, si quieres, analiza qué ocurrió. ¿Podías haber preparado mejor la escena? Prepárala mejor la próxima vez. ¿Te visitaron los nervios? Entrena para trabajar con ellos. ¿Hiciste una mala audición? Aprende de ella. ¿Hiciste una audición magnífica? Disfrútalo. ¿No te eligieron? Sigue.
Porque una cosa es revisar nuestro trabajo y otra muy distinta es convertir cada resultado en un juicio sobre nosotros mismos.
El instrumento con el que trabaja el actor o la actriz cambia durante toda la vida
Hay algo que a mí me obsesiona de esta profesión:
el instrumento del actor es el ser humano que lo habita.
Y ese ser humano cambia.
Stanislavski dedicó buena parte de su trabajo a estudiar precisamente el trabajo del actor sobre sí mismo, incluyendo la preparación emocional, intelectual, física y vocal. Su obra El trabajo del actor sobre sí mismo en el proceso creador de la vivencia fue publicada en 1938, poco después de su muerte, y refleja décadas de investigación sobre la preparación del actor.
No podemos pretender que nuestro instrumento permanezca idéntico durante toda la vida.
Cambiamos con las experiencias, con los amores y los desamores, con la maternidad o la paternidad, con las pérdidas, los viajes, los libros, las personas que conocemos, las cosas que conseguimos y también las que no conseguimos. Cambiamos con la edad, con la madurez, con aquello que aprendemos y con aquello que todavía nos queda por aprender.
Por eso la formación de un actor o una actriz no termina nunca.
No solamente porque la interpretación sea un aprendizaje infinito. También porque el ser humano es infinito en sus posibilidades de aprendizaje.
Un actor de veinte años no tiene el mismo material humano que ese mismo actor a los cuarenta. Y eso no significa necesariamente que a los cuarenta sea mejor o peor. Significa que tiene otro mundo dentro.

Una actriz puede interpretar una pérdida de una manera a los veinticinco y de otra completamente distinta después de haber vivido una. Puede descubrir recursos que antes no tenía. Puede entender una escena que durante años le resultó incomprensible. Puede descubrir una parte de sí misma que nunca había utilizado.
Y también puede cambiar aquello que consideraba un defecto.
Una voz que te parecía demasiado grave puede convertirse en tu sello. Una gestualidad que creías exagerada puede ser extraordinaria para determinados personajes. Una sensibilidad que te hacía sentir vulnerable puede convertirse en una herramienta artística potentísima.
El trabajo no consiste necesariamente en borrar aquello que somos para convertirnos en otra persona. Muchas veces consiste en conocernos suficientemente bien para saber qué queremos transformar y qué podemos utilizar a nuestro favor.
Stanislavski y Freud: dos contemporáneos mirando al ser humano
Cuando pienso en la formación actoral y en todo lo que implica trabajar con seres humanos, me es imposible no nombrar aunque sea de pasada a estos dos señores: Stanislavski y Sigmund Freud. Ellos fueron contemporáneos. Stanislavski nació en 1863 y murió en 1938; Freud nació en 1856 y murió en 1939.
Mientras Freud desarrollaba el psicoanálisis y estudiaba los procesos de la mente humana, Stanislavski investigaba desde el teatro cómo conseguir que el actor trabajara de una manera más verdadera y profunda.
No hacían lo mismo, evidentemente, y no tendría sentido mezclarlos como si sus trabajos fueran equivalentes. Pero resulta curioso que, desde lugares tan diferentes, ambos dedicaran una parte enorme de su vida a intentar comprender qué mueve al ser humano.
Freud se ocupaba de aquello que no siempre conocemos de nosotros mismos. Stanislavski, del trabajo que debía hacer el actor sobre sí mismo para construir una interpretación. Y el actor, para interpretar a otro ser humano, necesita observar constantemente al ser humano que tiene delante y al que lleva dentro.
La formación actoral termina siendo también una forma de conocimiento. No una terapia, y no hay que confundir una cosa con la otra, pero sí una práctica que nos obliga a observarnos. ¿Por qué me cuesta mirar a los ojos? ¿Por qué acelero cuando estoy nervioso? ¿Por qué intento hacer reír cuando tengo miedo? ¿Por qué necesito caer bien? ¿Por qué me cuesta hacer silencio? ¿Por qué este personaje me sale con tanta facilidad y este otro me resulta imposible? Trabajar sobre esas cosas puede cambiar nuestra manera de estar en escena y, muchas veces, también nuestra manera de estar en la vida.
El teatro también nos enseña a conocernos

Cuando imparto clases de Teatro para la vida, no es porque crea que todo el mundo tiene que convertirse en actor o actriz, sino porque muchas de las herramientas que utilizamos en la formación actoral pueden resultar extraordinariamente útiles fuera del escenario.
Aprender a dominar un impulso. Aprender a escuchar antes de responder. Aprender a sostener un silencio. Aprender a comunicar mejor. Aprender a ocupar un espacio. Aprender a observar lo que hacemos. Aprender a aceptar que una determinada característica nuestra no tiene por qué ser un defecto.
Y también aprender a encontrar nuestro propio personaje.
No para inventarnos una personalidad falsa, sino para descubrir qué parte de nosotros queremos mostrar, qué parte queremos trabajar y qué parte hemos estado intentando esconder sin necesidad.

El sociólogo Erving Goffman publicó en 1956 La presentación de la persona en la vida cotidiana, donde utilizó precisamente la metáfora teatral para estudiar cómo las personas presentamos una determinada imagen de nosotros mismos en nuestras relaciones sociales y cómo gestionamos la impresión que producimos en los demás.
La vida cotidiana está llena de papeles: el profesional, el de madre o padre, el de amiga o amigo, el de pareja, el de hija o hijo, el de persona segura, el de persona que siempre puede con todo.
El teatro puede ayudarnos a darnos cuenta de cuáles de esos papeles estamos interpretando porque queremos y cuáles porque creemos que los demás esperan que los interpretemos.
Y cuando uno se conoce mejor, también puede decidir qué quiere conservar y qué quiere cambiar.
Eso también es formación.
Mi camino errático hacia el humor

Mi propio recorrido profesional tampoco fue una línea recta, y quizá por eso esta idea me resulta especialmente cercana.
Yo venía de una formación de teatro clásico y teatro musical y empecé a hacer monólogos en Argentina en los años noventa, cuando ni siquiera se hablaba de stand up comedy como se habla hoy.
En aquel momento, dedicarse al humor podía ser visto por algunas personas como algo menos serio que hacer teatro.
Mi camino hacia el humor también fue una forma de encontrar una manera de seguir viviendo de mi oficio. No era menos actriz por hacer humor. Simplemente había encontrado otro lugar desde el que podía ejercer mi profesión, mientras las audiciones y los proyectos teatrales seguían formando parte de mi camino. Y eso también es resiliencia: no quedarse esperando una única forma de que la vida profesional ocurra, sino buscar caminos, adaptarse y seguir haciendo aquello para lo que uno se ha formado.

No soy un ejemplo de nada ni pretendo serlo, excepto quizá por esto: Soy una actriz que encontró una forma de trabajar, de expresarme y de vivir de mi oficio, fiel a mis convicciones y sobre todo: disfrutando el camino.
Mientras hacía monólogos seguía dando audiciones, seguía formándome, seguía trabajando y seguía buscando oportunidades. Y poco a poco ese camino me llevó a poder vivir cien por cien del teatro como oficio.
Eso es algo que me gustaría que entendieran especialmente quienes empiezan: una carrera artística no tiene por qué parecerse al plan que imaginaste cuando empezaste.
Puede que durante un tiempo hagas publicidad. Puede que trabajes en un centro comercial vestido de duende en Navidad y unos meses después estés interpretando a una protagonista de Lorca. Puede que hagas simulaciones clínicas para estudiantes de Medicina, locuciones, animación, visitas teatralizadas o cualquier otro trabajo relacionado con la interpretación.
Puede que trabajes de camarero o de camarera mientras consigues oportunidades.
Y no pasa nada.
No eres menos actor por trabajar de camarero. No eres menos actriz por hacer publicidad. No eres menos artista por hacer humor.
La vida profesional de un actor o una actriz puede ser mucho más variada de lo que el público imagina.
Y eso no le quita dignidad al oficio. Al contrario: demuestra hasta qué punto la formación puede abrir posibilidades.
La obsesión por vendernos

Ahora hay, además, una dificultad que quienes llevamos muchos años en esto conocemos bien y que quienes empiezan tienen que aprender a manejar:
hoy parece que además de formarnos como actores y actrices tenemos que convertirnos en agentes de marketing.

Tenemos que saber vendernos, entender las redes sociales, construir una imagen pública, elegir qué mostramos y qué no mostramos, cuidar nuestra fotografía, nuestro videobook, nuestra presencia digital y, por supuesto, conseguir seguidores. Y todo eso, que puede ser necesario y hasta útil para encontrar oportunidades, puede convertirse también en una enorme fuente de frustración cuando empezamos a creer que nuestra visibilidad es una medida de nuestro talento.
Porque un actor o una actriz puede tener miles de seguidores y ser un intérprete mediocre, y puede tener muy pocos y ser extraordinario. Puede haber una persona con una comunidad enorme en redes que llene una sala y otra con una carrera magnífica que apenas publique en Instagram. Son realidades distintas y no necesariamente tienen relación con la calidad artística.
Y aquí aparece otra vez la resiliencia: aprender a utilizar todas esas herramientas sin permitir que sean ellas las que determinen cuánto creemos que valemos
Y si mañana desaparecieran Instagram o TikTok, seguirían existiendo Shakespeare, Chéjov, Lorca, Stanislavski, Molière y todos los grandes artistas que construyeron la historia del teatro mucho antes de que existiera una pantalla capaz de contar cuántas personas habían visto una publicación.
Seguiría existiendo el teatro.
Seguiría existiendo el público.
Y seguiría haciendo falta alguien capaz de subirse a un escenario y contar una historia.
Peter Brook publicó El espacio vacío en 1968, y en ese libro redujo la esencia del hecho teatral a algo extraordinariamente sencillo: un espacio vacío, alguien que lo atraviesa y alguien que observa.
A veces pienso que, en medio de toda esta obsesión por la visibilidad, nos vendría bien recordar esa sencillez.
No propongo ignorar las herramientas actuales. Hay que aprender a utilizarlas. Pero no somos agentes de marketing que, además, actúan.
Somos artistas.
Y nuestra obligación principal es hacer bien nuestro trabajo.
El teatro te prepara para seguir
Augusto Boal llevó la relación entre teatro y vida a otro lugar cuando desarrolló el Teatro del Oprimido, especialmente a partir de la década de 1970. En sus propuestas, el teatro podía servir para observar situaciones, experimentar posibilidades y ensayar otras formas de actuar sobre la realidad. Teatro del oprimido y otras poéticas políticas se publicó en 1974.

No hace falta llegar tan lejos para encontrar en nuestra formación una herramienta para la vida. Lo interesante es que todo lo que entrenamos en el teatro puede terminar acompañándonos fuera de él: aprender a observarnos, a recibir una indicación sin sentir que cuestionan nuestro valor, a equivocarnos sin convertir el error en una identidad, a tolerar la incertidumbre, a aceptar que algunas cosas dependen de nosotros y otras no, y a volver a intentarlo después de una experiencia que no salió como esperábamos.
Y esto no significa que el teatro nos enseñe a vivir sin frustraciones. Más bien nos enseña a atravesarlas. Una función puede salir mal, un proyecto puede caerse, una audición puede no funcionar, una sala puede no llenarse, una persona puede no elegirnos. Podemos sentirnos decepcionados, enfadados o tristes. Podemos reconocer nuestros errores y hacernos responsables de aquello que sí depende de nosotros. Pero también podemos aprender a no convertir cada resultado en una sentencia sobre nuestra persona.
La resiliencia no consiste en que nada te afecte. Consiste en poder ser afectado por algo, atravesarlo, aprender lo que haya que aprender y continuar. Y eso, en nuestra profesión, se entrena muchísimo.
Consejos de una vieja actriz (no confundir con una actriz vieja)
Si, me atrevo a dar consejos para quien recién empieza:
Si eres joven y estás empezando a actuar, no te voy a aconsejar que no sufras cuando las cosas no salgan como esperabas. Seguramente vas a sufrir alguna vez. Yo también lo hice, y lo sigo haciendo. Te propongo algo diferente: que no conviertas ese sufrimiento en una conclusión sobre ti.

No pienses que una audición mala significa que eres un mal actor o una mala actriz, ni que una audición maravillosa garantiza que te llamarán.
No pienses que no llenar una sala significa que no tienes talento, ni que tener pocos seguidores significa que no eres interesante, ni que trabajar de camarero o de camarera mientras construyes tu carrera significa que has fracasado.
Y tampoco esperes pasivamente a que alguien «te descubra». Fórmate, entrena, haz contactos, preséntate a las oportunidades, cuida tu material, aprende a comunicar tu trabajo, genera tus propios proyectos y haz todo aquello que esté en tu mano. Pero, al mismo tiempo, aprende a reconocer qué cosas no están en tus manos.
No puedes decidir quién más se presenta a una audición, qué altura quiere la producción, qué tipo de rostro busca la dirección, si el protagonista será el sobrino del productor, si el representante de otro actor tiene una negociación que tú desconoces o si el programa de televisión necesita a alguien que genere más polémica. Tampoco puedes decidir si justo ese día Meryl Streep se presenta a la misma audición. Y tampoco puedes decidir si quien toma la decisión tiene, sencillamente, un gusto espantoso.
Lo que sí puedes decidir es qué haces tú con todo eso. Puedes seguir formándote, aprender de tus errores, aceptar aquello que eres, modificar lo que quieras modificar y potenciar aquello que durante años pensaste que era un defecto. Puedes aprender a comunicarte mejor, a dominar tus impulsos, a escuchar, a observar y a estar. Y puedes seguir.
La formación de un actor o una actriz no termina nunca porque tampoco termina nunca la materia con la que trabaja: el ser humano.
Cambiamos, aprendemos, nos equivocamos, descubrimos cosas de nosotros mismos y volvemos a empezar. Y quizá esa sea una de las grandes enseñanzas que el teatro puede llevarse fuera del escenario: aprender a conocernos, a aceptarnos, a transformarnos cuando lo necesitamos y, sobre todo, a no confundir un resultado con nuestro valor.
Por eso te digo que el teatro no solamente nos prepara para subirnos a un escenario. También nos prepara para seguir con nuestras vidas cuando bajamos de él.
Porque, al final, a ver si será verdad eso que dijo aquel muchacho que algo de teatro sabía: la vida es un escenario y nosotros no somos más que meros actores.
Belén Caccia
Si te ha gustado esta reflexión, en este blog encontrarás más artículos sobre teatro, actuación y todo lo que esta profesión puede enseñarnos también fuera del escenario. Y si quieres llevarlo a la práctica, pásate por mi web y échale un vistazo a mis clases. 🎭
Nos vemos por allí.






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