Eliminar las culpas
- Belén Caccia
- 9 dic 2021
- 6 min de lectura
Por Belén Caccia
Cómo eliminar las culpas
Lo que el teatro me enseñó sobre los errores
Por Belén Caccia
Muchas veces pensamos que algo es nuestra culpa cuando, en realidad, la pregunta importante no es quién tiene la culpa, sino qué vamos a hacer con lo ocurrido.
Es cierto que en ocasiones resulta útil analizar responsabilidades, entender qué sucedió o determinar cómo evitar que algo vuelva a pasar. Pero una cosa es reflexionar sobre un error y otra muy distinta convertir ese error en un castigo permanente.
Como directora, actriz y profesora de interpretación, he comprobado una y otra vez que la culpa rara vez mejora una función. Puede parecer una afirmación extraña, porque solemos asociar la culpa con la responsabilidad, el compromiso o la conciencia profesional. Sin embargo, en escena ocurre exactamente lo contrario.

Cuando un actor olvida una frase, entra tarde, se equivoca en una marca, falla una improvisación o siente que no está a la altura del personaje, la culpa no mejora su rendimiento. Lo empeora. Porque la culpa pone el foco en el error cuando el foco debería estar en la solución.
En el teatro, cuando algo sale mal, no importa demasiado quién cometió el error. Lo importante es qué hacemos a partir de ese momento. ¿Hay que corregir algo para que no vuelva a ocurrir? Se corrige. ¿Hay que ensayar más? Se ensaya. ¿Hay que reorganizar una escena? Se reorganiza. ¿Hay que pedir disculpas? Se piden. Pero una vez hecho eso, seguir castigándonos no aporta absolutamente nada al resultado artístico.
Y creo que esto no solo sirve para el teatro.
Sirve para la vida.
Porque la culpa tiene una capacidad extraordinaria para hacernos creer que estamos solucionando algo cuando en realidad solo estamos sufriendo. Nos convence de que cuanto peor nos sintamos, más responsables somos. Como si el castigo tuviera algún poder mágico para modificar el pasado.
Pero el pasado no cambia.
Lo único que puede cambiar es lo que hacemos a partir de él.

Los actores somos la materia prima de la obra. No trabajamos con mármol, madera o pintura. Trabajamos con nosotros mismos: con nuestra atención, nuestra imaginación, nuestra sensibilidad, nuestra energía, nuestra capacidad de escucha y nuestra presencia. Por eso cualquier cosa que desgaste innecesariamente esos recursos termina afectando directamente a nuestro rendimiento artístico.
Y pocas cosas consumen más energía que la culpa.
Lo mismo sucede con el llamado síndrome del impostor. Muchos artistas llegan a pensar que no merecen estar donde están, que tarde o temprano alguien descubrirá que no son suficientemente buenos o que todo ha sido cuestión de suerte. Mientras están ocupados dudando de sí mismos, dejan de estar disponibles para actuar. Y actuar exige precisamente lo contrario: atención, escucha, presencia y capacidad de juego.
No es casualidad que algunos de los pedagogos teatrales más importantes de la historia insistieran tanto en la importancia del presente. Peter Brook defendía que el teatro solamente existe mientras está ocurriendo.
Stanislavski hablaba constantemente de la concentración y de la acción. Sanford Meisner insistía en la necesidad de vivir de verdad bajo circunstancias imaginarias. Ninguno de ellos proponía dedicar energía a castigarse por errores ya cometidos.
La culpa mira hacia atrás. La interpretación mira hacia delante.
La culpa pregunta quién falló; el arte pregunta qué necesita la escena ahora.
Stanislavski revolucionó la actuación moderna insistiendo en que el actor debía concentrarse en las acciones y objetivos del personaje, no en vigilar constantemente su propio desempeño. Una de las ideas centrales de su trabajo podría resumirse así: no te obsesiones con el resultado, ocúpate de las acciones.

Cuando un actor está pensando constantemente si lo está haciendo bien o mal, deja de actuar para empezar a observarse. Y cuando se observa demasiado, deja de vivir.
La culpa funciona exactamente igual.
Nos saca de la experiencia y nos convierte en espectadores de nosotros mismos.
Sanford Meisner fue todavía más lejos cuando definió la actuación como "vivir de verdad bajo circunstancias imaginarias". Para él, el gran enemigo del actor era quedarse atrapado dentro de su propia cabeza. Pensar demasiado, analizar demasiado y juzgar demasiado impiden escuchar. Y escuchar es imprescindible para actuar.
Cuando nos culpamos dejamos de escuchar la realidad porque seguimos escuchando una discusión interna. La escena continúa. La vida continúa. Pero nosotros seguimos atrapados en una conversación con nuestro pasado.
Peter Brook, por su parte, insistía constantemente en el valor del presente. El teatro solamente existe mientras está ocurriendo. No existe hace cinco minutos.
No existe dentro de una hora. Existe ahora. La culpa, por definición, nos aleja de ese ahora. Por eso resulta tan incompatible con la creación artística. Porque el artista necesita estar disponible para lo que sucede, no para lo que ya sucedió.

Jacques Lecoq, uno de los grandes pedagogos del siglo XX, utilizaba frecuentemente el error como punto de partida para la creación. Sus alumnos descubrían una y otra vez que aquello que inicialmente parecía un fallo podía convertirse en una oportunidad expresiva. Una caída, un tropiezo, un olvido o una reacción inesperada contenían muchas veces más verdad escénica que la ejecución perfecta.
El error no era necesariamente un enemigo.
Era información.
Y la información sirve para crear.
La culpa, en cambio, suele impedirnos verla.
Yo (mira qué enorme ego, meter una auto referencia en medio de este listado de genios, pero lo haré) les sugiero a mis alumnos que al equivocarse en clase, o a los actores durante un ensayo, que contengan el impulso de decir "perdón" o "lo siento" y lo cambien por "disfrútenme" porque estamos tan acostumbrados a castigarnos o a autorizar al otro por castigarnos ante nuestros errores que evitamos constantemente equivocarnos en público, y el marco de una clase o de un ensayo, resulta el espacio perfecto para disfrutarlo, capitalizarlo y decir con una sonrisa "disfrútenme" con el maravilloso subtexto "porque tienen el privilegio de verme cometiendo un error, que en mi es tan poco común".
Siguiendo con verdaderos grandes maestros, luego de este lapsus de ego inmensurable, Keith Johnstone, creador de gran parte de las técnicas modernas de improvisación teatral, observó algo fascinante: las personas no suelen tener miedo a equivocarse, tienen miedo a parecer equivocadas. Y eso cambia completamente la perspectiva. Porque ya no estamos hablando de aprendizaje.
Y ya que he nombrado al ego...
Muchas veces la culpa es simplemente una forma elegante de ego herido.
Nos duele habernos equivocado porque nos gustaría ser perfectos. Nos duele haber fallado porque habíamos construido una imagen de nosotros mismos que no contempla el error. Pero la realidad es que aprender implica equivocarse. Crecer implica equivocarse. Amar implica equivocarse. Vivir implica equivocarse.
¿Por qué el arte habría de ser diferente?
Después de años actuando, dirigiendo y enseñando teatro, he descubierto algo curioso:
muchas veces el error no es el problema. El problema es lo que hacemos después del error.
He visto actores olvidar frases enteras y salvar una escena brillantemente. He visto improvisaciones nacidas de un accidente convertirse en el mejor momento de una función. He visto objetos romperse, luces fallar, entradas equivocadas, vestuarios descoserse y escenografías desplomarse. Y casi nunca fue eso lo que el público recordó.
Lo que sí recuerda el público es cuando un actor abandona emocionalmente la escena. Cuando deja de jugar. Cuando deja de escuchar. Cuando deja de estar presente porque está demasiado ocupado castigándose.
Hay algo que muchos intérpretes descubren tarde: el público suele notar mucho más tu inseguridad que tu error.
Si te equivocas en una palabra y continúas, probablemente nadie lo note. Si olvidas un chiste y sigues adelante con confianza, probablemente nadie sepa que faltaba un chiste. Si pierdes una frase pero mantienes vivo el objetivo del personaje, la escena seguirá respirando.
Pero cuando conviertes el error en protagonista, entonces sí aparece el problema.
Porque el foco deja de estar en la historia y pasa a estar en tu miedo.
Y ningún error merece tanto protagonismo.
Ni en un escenario.
Ni en la vida.
Por eso suelo proponer un ejercicio muy sencillo. Si te atreves, imagínate frente a ti mismo. Como si fueras dos personas distintas. Desde una posición, di en voz alta todo aquello que te reprochas. Todo. Sin filtros. Después responde. Defiéndete. Explícate. Reconoce tus errores. Pide disculpas si es necesario. Pero también reconoce tus circunstancias, tus limitaciones, tus esfuerzos y tus buenas intenciones.
A veces hay cosas que no podemos pensar con claridad porque las emociones hacen demasiado ruido. Cuando hablamos en voz alta, el pensamiento se ordena. Cuando escribimos, se ordena aún más. Por eso el papel y el lápiz siguen siendo dos de los mejores terapeutas que existen.
Y si después de todo esto sigues sintiéndote culpable, hazte una pregunta muy sencilla:
¿Estoy intentando solucionar algo o simplemente me estoy castigando?
Porque si estás intentando solucionar algo, adelante. Corrige, aprende, repara, ensaya, vuelve a intentarlo.
Pero si solo te estás castigando, quizá sea momento de cambiar de estrategia.
Ninguna obra mejora cuando un actor se castiga.
Ninguna función se vuelve mejor porque alguien se sienta miserable.
Ningún personaje crece gracias a la culpa.
Lo que hace crecer al artista es la experiencia transformada en aprendizaje.
Y lo mismo ocurre con las personas.
Aprender. Corregir. Reparar. Ensayar. Volver a intentarlo.
Eso transforma.
La culpa, casi nunca.
Porque el escenario siempre ocurre en presente.
Y la vida, igual que el teatro, necesita que la función continúe.
Belén Caccia






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