¿Encajar o traicionarte? el precio invisible de dejar de ser quien eres
- Belén Caccia
- 2 dic 2025
- 6 Min. de lectura

Dejar de fingir para pertenecer
Hay algo profundamente humano —y peligrosamente silencioso— en el deseo de encajar.
Queremos pertenecer. Ser aceptados. Sentir que formamos parte de “los que molan”, de esos grupos que parecen seguros, divertidos o exitosos. El problema empieza cuando para formar parte de ellos creemos que tenemos que convertirnos en alguien que no somos.
Muchas veces ni siquiera tenemos claro si de verdad nos apetece estar con esas personas o si seríamos realmente felices a su lado. Simplemente seguimos el impulso de no quedarnos fuera, de no ser “los raros”, de no ocupar la periferia.
Y ahí empieza la primera traición a uno mismo.
El deseo de pertenecer y nuestras heridas
Desde la psicología se sabe desde hace décadas que el sentimiento de pertenencia es una necesidad emocional básica. Abraham Maslow, en su conocida Pirámide de las Necesidades, situó la afiliación social justo después de las necesidades fisiológicas y de seguridad:
Necesitamos sentirnos parte de algo para estar emocionalmente a salvo
(Maslow, 1943).
El problema aparece cuando esta necesidad se mezcla con nuestros traumas pasados, heridas relacionales o rechazos tempranos. John Bowlby, creador de la Teoría del Apego, explicó cómo las experiencias de inseguridad emocional en la infancia pueden generar en la adultez comportamientos de adaptación excesiva: miedo al abandono, hipervigilancia social y tendencia a convertirnos en lo que creemos que otros esperan para evitar ser rechazados.
En pocas palabras:
“No soy como soy… soy como creo que debo ser para no quedarme solo.”
No es cosa solo de adolescentes
Creemos que esta búsqueda desesperada de pertenencia pertenece únicamente a la adolescencia. Error.
Lo hacemos toda la vida:
– En el trabajo, disfrazando nuestras emociones para resultar profesionales.– En los centros de estudio, amoldando nuestra personalidad para no desentonar.– En los grupos de padres y madres del colegio, compitiendo por estatus absurdos revestidos de amabilidad impostada.– En reuniones sociales, actuando personajes “más interesantes” que nosotros mismos.
Y lo más inquietante: no solemos ser conscientes del rol que ocupamos.
Lo sé bien porque he transitado todos los lugares posibles del sistema de estatus: arriba, abajo, sosteniendo o quedado fuera. Y cuando estás dentro del juego… no siempre eres consciente del papel que estás interpretando.
“No quiero ser el jefe todas partes”

Una de las frases que más escucho en mis clases de teatro es:
“Necesito no ser el jefe en algún sitio.”
Y ahí algo se ilumina.
No siempre lo doloroso es sentirse pequeño. A veces pesa igual —o más— ser siempre el fuerte, el líder, el que resuelve, el que sostiene.
La pertenencia nos empuja a ocupar etiquetas rígidas:
– La graciosa.– La guapa.– El empollón.– La competente.– la que nunca falla.
Roles que al principio nos ofrecen un lugar dentro del grupo pero que con el tiempo se convierten en prisiones, incluso cuando estamos solos.
Porque podemos tener un rol distinto en cada entorno…y no sentirnos cómodos en ninguno.
Fingir para encajar: el gran error
Cuando entramos a un grupo nuevo solemos hacer un escaneo automático:
¿Quiénes son?¿Qué valoran?¿Qué tipo de persona encaja aquí?
Y entonces sucede: intentamos convertirnos en lo que creemos que desean.
No en lo que somos.

Es agotador. Es desconectante. Y acaba siendo profundamente solitario.
Porque cuanto más fingimos, más lejos estamos de ser realmente vistos.
Qué horror, ¿verdad?
Y sí: todos lo hacemos en algún momento de la vida.
Si me estás leyendo a tus 20 o a tus 30, no creas que esto desaparece mágicamente a los 40 o a los 50.Las inseguridades siguen ahí… lo único que cambia es que llevan canas.
Nada se transforma solo por cumplir años. Cambia cuando alguien decide tomar las riendas.
Personas que rompieron su rol impuesto
Hay quienes un día decidieron salirse del molde:
Charlize Theron, encasillada durante años como “cara bonita”, apostó por papeles radicales como Monster, rompiendo totalmente esa imagen superficial y ganando el Óscar.
Rebel Wilson, reducida al estereotipo de la cómica “gordita adorable”, decidió reformular su carrera, su imagen y sus narrativas públicas.
Brendan Fraser, descartado por no cumplir el estándar masculino de atractivo, regresó desde un lugar completamente distinto en The Whale, poniendo el talento por encima del molde.
Romper un rol no es cómodo. Siempre genera incomodidad. Siempre levanta críticas.
Pero es el primer acto genuino de libertad.
La trampa de la hegemonía: cuando ser “bonita” también es una cárcel
¿Notaste que toda la gente que nombré antes, es o era "perfecta" estéticamente?
Poco se habla de algo importante: muchas personas consideradas “bonitas” o “hegemónicas” necesitan desesperadamente dejar de ser vistas solo así para poder demostrar que son inteligentes, profundas o valiosas.

Durante décadas, Hollywood impuso la idea de que una mujer atractiva debía ser únicamente eso: un cuerpo bonito sin cabeza pensante.
El ejemplo perfecto es Hedy Lamarr, actriz icónica del cine clásico y, al mismo tiempo, coinventora del sistema de transmisión de frecuencia saltante, tecnología que hoy sustenta el WiFi, el GPS y el Bluetooth. Su inteligencia fue sistemáticamente ignorada mientras su imagen se explotaba como símbolo sexual.
Yo he vivido algo parecido a mi escala (no te rías de mi escala, cada quien tiene sus talentos y su nivel de belleza y glamour)
Cuando comencé a hacer monólogos, con 19 años, hacía algo muy consciente: me apretaba el busto con un top debajo de las camisas, usaba pantalones anchos, zapatillas, cualquier cosa para evitar ser vista como sexy o mínimamente sexualizada.
Estaba convencida —y sigo pensando que en aquel contexto era bastante real— de que si se me percibía atractiva, muchas mujeres no sentirían simpatía por mí y muchos hombres no me tomarían en serio.
Sentía que debía elegir: o inteligencia o atractivo. De hecho me lo dijo algún viejo cómico con el que me he topado: "pero si no sos gorda, ni judía , ni fea... de qué vas a halar?"
Y entonces decidí esconder una parte de mí para que la otra pudiera existir.
Hoy eso ha cambiado bastante, afortunadamente. Pero lo logré a base de ocultar quién era, de aplacar rasgos que quizá incluso podrían haber marcado desde el principio una diferencia positiva.
No fue una elección libre: fue adaptación. Supervivencia en un sistema lleno de prejuicios.
Porque sí: la hegemonía también puede ser una jaula cuando te obliga a encajar en un molde que no te representa completo.
Teoría King Kong: el cuerpo como trinchera
La escritora feminista Virginie Despentes aborda esta violencia simbólica sobre los cuerpos y la identidad femenina en su ensayo Teoría King Kong (2006). En él denuncia cómo la sociedad reduce el valor de las mujeres a su deseabilidad física, obligándolas a dividirse entre la sexualización y el descrédito intelectual:
“Ser una mujer es aprender a ser mirada antes de aprender a ser persona.”— Virginie Despentes, Teoría King Kong.
Despentes afirma que el cuerpo femenino se convierte en un campo de batalla donde la mujer debe elegir entre ser deseada o tomada en serio, pero rara vez puede ocupar ambos lugares a la vez:
“La feminidad es una disciplina: un conjunto de restricciones que mantienen a las mujeres bajo control social.”
Su obra confirma algo que muchas hemos vivido sin haberlo podido nombrar durante años: adaptarnos para gustar no es libertad, es una forma de domesticación emocional.
Redes sociales: la fábrica de uniformes
En redes sociales parece que todo el mundo viste igual, opina igual, publica igual y sigue los mismos manuales de éxito y visibilidad.
Nos uniformamos para pertenecer a una tribu digital que la mayoría de las veces ni siquiera conocemos.
Yo comparto cosas a cualquier hora, porque puedo y porque quiero.Siempre aparece alguien que me dice:
“Esa no es la hora para generar engagement.”
Y siempre pienso lo mismo:
El que quiera leerme, lo hará. Aunque llegue dos semanas después, en el horario menos esperado.
Porque el vínculo auténtico no depende del algoritmo…depende de la honestidad.
Pertenecer sin dejar de ser
La psicóloga Brené Brown lo explica así:
“Pertenecer es ser aceptado por quien eres.Encajar es intentar ser quien otros quieren que seas.”
(Brown, The Gifts of Imperfection).
Encajar exige máscara. Pertenecer exige presencia.
Y para eso, a veces hay que soltar todos los roles aprendidos, permitirnos explorar quiénes somos sin actuación de supervivencia… del mismo modo que hacemos en el teatro: probamos personajes solo para recordar quién habita debajo.
Tomar las riendas
Nada cambia solo por cumplir años.
Cambia cuando decides:
– Dejar de actuar para agradar.– Permitir permitirte incomodar.– Decir lo que piensas aunque no siempre sea “lo correcto”.– Mostrarte humano, imperfecto, complejo.
El precio de ser tú es perder algunos vínculos que solo existían mientras fingías…pero ganar una relación auténtica contigo mismo y con quienes sí saben verte.
En mis clases de teatro, cuando nos equivocamos (incluida la profesora) nos acostumbramos a decir "disfrútenme" en vez de "perdón" porque es el momento en el que los presentes tienen el privilegio de vernos probar, fallar, equivocarnos, aprender para encontrar nuestros propios limites y así el camino al crecimiento, a la mejora, a la corrección de los supuestos errores que hemos podido cometer. "Disfrútenme" porque no es algo que verán a menudo.
Para seguir explorando
En este blog encontrarás más textos que conectan con este viaje: identidad, voz propia, miedo escénico, expresión y libertad emocional. No se repiten —al menos eso intento—, pero dialogan entre ellos.
También puedes seguirme en redes sociales, en el horario que quieras.
Yo seguiré compartiendo a la hora que sea.
Porque quien se interese por lo que tengo que decir…me encontrará.Aunque llegue tarde.
Belén












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